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Emociones y actitud mental

Actualizado: 31 ago 2022


Enfrentar al miedo ¿Cómo hacerlo?





Vamos a hablar de los miedos. No sólo de los específicos del deporte sino también de qué significa tener miedo y, sobre todo, de cómo podemos enfrentarlos.

“Para empezar digamos que todos hemos sentido, sentimos y sentiremos miedo”, pero además agreguémosle los miedos que también sentimos sin que nos animemos a llamarlos con esa palabra, y preferimos maquillarlos con otra expresión que haga más digerible su contenido.


En principio, eso que llamamos miedo incluye tantas variables como la sutil diferencia entre miedo y susto, término que se refiere a un hecho concreto que está sucediendo en el momento. Es decir, es una respuesta a una situación presente. Por ejemplo, si ahora estás cómodamente en tu casa leyendo este artículo y de repente explotara una ventana o una puerta, te asustarías. Ese susto, es una respuesta natural y absolutamente sana frente a un peligro concreto que apareció sin aviso y de sorpresa. Tal vez la situación pudo no haber sido tan peligrosa como uno creyó, pero igual fue vivida como si se tratara de un verdadero peligro.


En definitiva, la persona está asustada cuando se presenta una situación amenazante que desemboca en esa sensación de inquietud y movilización que se conoce con el nombre de Reacción Biológica de Alarma. El susto es un reflejo corporal y psíquico frente a la situación de peligro.


Pero ahora, ¿cómo sería el miedo? Por ejemplo, si la semana pasada nos subimos a un avión y por algún inconveniente mecánico en la nave tuvimos un vuelo muy malo, la próxima vez que tengamos otro vuelo comenzaremos a pensar que podría ocurrir lo mismo. Entonces me empiezo a asustar de mi propia idea y me asalta una sensación general de alarma, a pesar de que está claro que es muy improbable que vuelva a suceder lo mismo. Entonces lo que tengo no es susto, sino miedo. El susto tiene que ver con la sorpresa, con el registro instantáneo de la situación, con el desborde de los sentidos que perciben y con el contenido de la experiencia previa. Uno puede no saber si lo que se viene es peligroso o no, pero su experiencia anterior se lo informa.


Hoy no tenemos experiencia, la gran mayoría de las personas de lo que puede ocurrir en los próximos días, estamos actuando con responsabilidad algunos y otros por motivos varios con absoluta irresponsabilidad.


En principio, para separar la idea de susto de la del miedo, convendría acordar que básicamente (aunque no solamente) el susto entra por la percepción y el miedo, por la imaginación. En suma, la imaginación alimenta al miedo de la misma manera que la percepción alimenta al susto. Pero asustarse todo el tiempo no es bueno. ¿Dónde se encuentra el límite? ¿Cuándo esa capacidad de asustarse se convierte en un problema? Claramente, cuando empezamos a percibir todo lo inofensivo como ofensivo, y cuando alguien vive asustado.


¿Por qué un atleta o nosotros mismos somos una víctima “perfecta”? Porque tiene una gran cantidad de adrenalina y de sustancias químicas circulando por su cuerpo que en principio lo preparan para el “peligro” de la competencia/ situación, pero que en determinado momento lo pueden terminar intoxicando.


En el deporte eso significa que el atleta se siente cansado, pesado o, la clásica frase, “Estoy quemado”, como a veces sentimos que estamos. Se trata de un agobio que recae sobre alguien que vive percibiendo el peligro en cada competencia. Por suerte, también aparecen los mecanismos de defensa que pro- te- gen nuestra psique, y que justamente están allí para permitirnos seguir y convivir con esa situación. De otro modo no podríamos sobrevivirla: nadie puede seguir infinitamente expuesto a una situación de peligro si no amortigua su respuesta emocional. Entonces comenzamos a racionalizar nuestras malas actuaciones y damos una serie de largas explicaciones de por qué perdimos. Esas excusas sirven para proteger nuestra autoestima y atenuar el dolor que provoca la derrota. Los mecanismos de defensa son esos colchones que amortiguan la caída para que no nos resulte tan dolorosa.


Percibir cada competencia o situación como peligrosa sería como vivir en una alarma permanente, lo que nos conducirá irremediablemente a un estado bastante común y vulgarmente llamada estrés.


El verdadero estrés es el estado de agotamiento de los sistemas de adaptación y manejo del peligro. Es el punto límite, en el que el cuerpo ya no responde con señales de alerta, el individuo y su sistema nervioso central extenuado se desmoronan. Se quedó sin depósito de fuerzas para seguir adelante y termina en un estado de postración psíquica, física y emocional del cual regresar será un asunto muy lento y penoso al que José Mourinho, el ex director técnico del Real Madrid, califica como “fatiga táctica”. Esto también es lo que pasa en el depor- te frente a la prolongación de un estado de extrema tensión como el que hoy vivimos.


Ahora bien, el miedo es la sensación de susto frente a un pensamiento, por lo que es evidente que el estímulo para esa propia respues- ta temerosa no está en el afuera sino en el adentro. Es “mi” propia percepción la que me asusta. “Mi” propia idea. Me imagino algo y, a partir de esa idea, tengo miedo. Me da miedo lo que me imagino, no lo que veo. Me da miedo lo que proyecto,

no lo que está pasando.


“El miedo, decía el sabio hindú Jiddu Krishnamurti, es “un invento del pensamiento”, lo cual significa que nuestros miedos los inventamos nosotros, que son una construcción nuestra”. Bucay dice que se puede dividir en dos clases de miedo, el patológico y el sano, pero ante todo hay que entender que ambos, tanto el sano que conduce a la reflexión y a la acción positiva, como el patológico que conduce a la parálisis son creaciones del pensamiento. Los dos, son el resultado de algo que yo imagino que podría llegar a suceder en el futuro y que no quiero que suceda. Es decir, tengo miedo de algo que quizá no llegue a pasar nunca. No dejes que el miedo te paralice y educarte, conocer, entender tus herramientas para gerenciarlo son parte innegociable de esta situación.

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